Blog de Annesdy Tellado

Capítulo # 4 (Parte IV) NO ME DOY POR VENCIDO

Capítulo # 4 (Parte IV) NO ME DOY POR VENCIDO
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—Pero ¿me faltan el respeto? —dijo mi padre, más molesto, mientras que la risa de los campesinos aumentaba. —Mi amor, te tienes que tranquilizar —dijo mi madre Carlota. —Padres, tranquilos —les hablé, tratando de tranquilizarlos—. Creo saber lo que está pasando. Es que Josué quiere que aprendamos algo de aquí. Entiendo que tenemos que hacernos pasar por campesinos. —¿Yo, el rey del Castillo de la Biblioteca? Jamás. —Padre, entonces en lo que tú me hablabas sobre la humildad... ¿Todo eso era una falacia? ¿Realmente no creías en lo que estabas enseñando? —lo miré a sus ojos, desilusionado. —Perdona, hijo, tienes toda la razón. Es que a veces uno se desespera en ver que las cosas se te fueron de las manos —me explicó mi padre. —Tranquilo, padre, te entiendo —susurré—, pero es momento de levantarnos. Viviremos como campesinos y comenzaremos a educarlos. A la hora de la verdad, mi bisabuelo les abrirá su mente y nos reconocerán, ya verás. —Hijo —dijo mi madre—, nos hablas como si tuvieras tanta experiencia. —No tanta como ustedes —afirmé—, pero la suficiente para entender que todo en la vida pasa por un propósito y que está en nosotros seguir caminando o detenernos. Créeme, hasta ciego me he quedado para aprender alguna lección. Nos presentamos como extranjeros. Mi padre comenzó a reunir a las personas para instruirlas sobre todo tipo de filosofía y libros que él había leído desde joven. Las personas realizaban círculos a su alrededor para escucharlo, mientras que mi madre Carlota tomaba nota de cada una de sus palabras. Por las tardes, mi madre, aparte de apuntadora, se la pasaba visitando todas las aldeas. Enseñaba a leer a las personas adultas que por alguna razón no sabían leer. Mientras que yo les leía cuentos a los niños de día y por las tardes les enseñaba vocabulario y educación a los jóvenes. Pasamos mucho tiempo así, preparando a nuestro pueblo. Uno de los días que estábamos en nuestra tarea de la tarde se acercaron unas personas en caballos y los campesinos comenzaron a correr para esconderse. Mi padre se encontraba sembrando y yo educaba a los jóvenes; bueno, a nadie, porque ellos también salieron corriendo. De momento, se acercó un hombre con músculos, pelo largo y una barba enorme. Su apariencia no era de alguien que se aseara todos los días; deseaba imitar a un caballero. —Venimos a buscar la comida de la fiesta de hoy. ¿Quién la preparó? —dijo el hombre. —Aquí tiene —salió una señorita—, la preparó mi madre. —No me interesa quién la preparó, idiota —dijo, golpeando a la muchacha, que cayó en el suelo. Cuando iba a entrar a defenderla, un joven lo paró con sus quejas. —¿Por qué nos atormentas? Dile al rey David II —dijo el joven— que cada año pagamos por vivir aquí. ¿Cómo es posible que nos quite nuestros alimentos? —No sabes con quién te estás metiendo —dijo el hombre—. Saben que esas son las normas hace cinco años, desde que Leticia y David II tomaron el poder. Si no quieres seguir las órdenes, serás destruido. El hombre se bajó para herir al muchacho con una espada. Mi corazón no pudo soportar más y le pedí piedad por el muchacho. —Te pido disculpas —me arrodillé delante de él—. El muchacho es muy joven y no sabe lo que dice. Te pido piedad. —Bueno, está bien —dijo el hombre—. ¿Cómo usted se llama? —Alejandro, señor —dije ese nombre para que no me reconociera, y siempre manteniendo reverencia delante de él. —Este joven me cayó bien —dijo el hombre—. Quiero que te vayas con nosotros, porque quiero que David II te conozca. Lo más seguro es te convierta en su asesor. —Pero —dije con mucha emoción y drama— es que soy apenas un campesino. —No, Alejandro, tienes algo, no sé lo que es, pero tengo el presentimiento de que puedes serme de utilidad. Además, no te estoy preguntando si quieres, lo que te estoy diciendo es una orden. Me montaron en uno de sus caballos. Después de que el hombre tomó los alimentos, nos marchamos rumbo al Castillo de la Biblioteca. Cuando llegamos por la entrada, muchos recuerdos me vinieron a la mente. Mis escapadas en los árboles, donde me había criado cuando pequeño. Las calles lluviosas en donde conocí a Amanda y ver el calabozo donde aparentemente pasé cinco años de mi vida perdidos. Mi corazón comenzó a sobresaltarse y el miedo trató de cubrir todo mi cuerpo. Me llevaban delante de los reyes Leticia y David II. Ellos se veían con un aspecto horrible. Leticia tenía la cara llena de arrugas y la piel no estaba nada de hermosa. David II tenía mucha barba y su olor no era nada agradable. —¿Quién es ese joven, Carlos? —dijo David II. Al parecer, no me había re conocido—. Respóndeme. —Lo que sucede es —explicó Carlos, mientras que yo me arrodillaba en su presencia— que este hombre defendió a un jovencito que pretendía no darme la comida que usted me ordenó que buscara; le dije que podía ser su asesor. —¿Desde cuando tú seleccionas quién va a trabajar en el reinado, Carlos? —Lo siento, mi rey... Carlos se dirigió a sacarme delante de la presencia de los reyes, cuando de momento... —Espera un momento —dijo David II—. Ven acá, muchacho —me dirigí a caminar hacia él, pero mi corazón se quería salir del pecho. Pensé por un momento que me había reconocido—. ¿Cómo te llamas, joven? —Alejandro, mi rey —me arrodillé nuevamente. —¿Te gusta leer? —preguntó David II. —¿Qué significa leer? —respondí con otra pregunta. —Me gustó tu respuesta, Alejandro —me miró David II—. ¿Sabes?, llévalo al Castillo Analfabeta, que la reina quizá lo necesite, pero no te descuides, muchacho. Yo gobierno ese lugar también y espero que hagas bien tu trabajo como asesor, porque sino te espera la muerte. —Gracias, rey, por la oportunidad. Salimos de la presencia de David II y de Leticia. Nos fuimos Carlos y yo hacia el Castillo Analfabeta para dejarme con los supuestos reyes de aquel lugar. Mientras tanto, Carlos comenzó a hablar de las cosas que ocurrían en el Castillo de la Biblioteca. —Cuando David II tomó el reinado del Castillo de la Biblioteca, el pueblo pensó que era por un tiempo, mientras que los reyes se encontraban en una convención. Pasaron cinco años y nunca volvieron.

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Capítulo # 4 (Parte III) NO ME DOY POR VENCIDO

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Capítulo # 4 (Parte III) NO ME DOY POR VENCIDO
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—Hijo, ¿cómo puedes ver todas esas cosas? —preguntaba mi padre—. Que yo sepa, tú no eres astrólogo. —No soy astrólogo —sonreí un poco—. Es que yo he tenido esos sueños raros también. —¿De veras, hijo? ¿No me estás tomando el pelo? —No, padre. —Pues tú eres el elegido —dijo mi padre con autoridad. —¿Qué quieres decir? —pregunté con asombro. —Las únicas personas que tienen ese tipo de sueños son las que están destinadas a ser reyes. No te lo quería decir, porque tenías que pasar por la experiencia: el leopardo es el potencial de tu bisabuelo. —Padre, qué interesante, yo seré el rey —dije animado. —Bueno, hijo, solo si podemos alcanzarlo. Como acabas de decir, va a ganar David II o tú. —Mientras se nos ocurre un plan, tomaré este tiempo para organizar mi vida y pensar en lo que voy a hacer desde hoy en adelante —dije con entusiasmo. —Perfecto, hijo. Sé que de alguna manera vamos a salir —me animó mi padre. —En mi caso —interrumpió mi madre—, yo siempre sueño con una dragona que habla. —Bueno, mi amor, qué bueno que fue eso y no mi suegra —dijo mi padre de forma burlona, brindando poca importancia. Mi mente daba muchas vueltas. Por un momento, pensé que saldría loco de ese lugar, pero me tenía que parar firme y ordenar a mi cerebro no enviar fantasmas, producto de mi imaginación. Me senté sobre una roca, observando que habían dejado unos escritos, analizando lo que significaba cada dibujo. No podía entender. Solo era evidente que la persona que estuvo en este lugar tenía muchas ganas de escribir. —Espera un momento. ¿Ustedes, por casualidad, no tienen una pluma? Tengo un plan. Comencé a escribir en la pared del calabozo la historia de mi vida. Todo lo que hacía desde pequeño, mi niñez, la adolescencia... Seguía redactando todo lo que había aprendido en este viaje de la vida. No tenía el control; no sabía si era de día o de noche... Así pasó el tiempo, sin saber cuánto había pasado sin ver la luz, el sol y comiendo diariamente pan y agua. Realizaba mis necesidades en el mismo calabozo. Terminé de escribir. Comencé a leer lo que había escrito en las paredes. Culminé escribiendo: En la lectura hay conocimientos. —En la lectura hay conocimiento —decía una y otra vez hasta subir la voz. De momento, mis padres siguieron mi ritmo, sin saber de qué se trataba. Comencé a leer el escrito, en el cual terminaba mi historia de la vida, por lo menos en ese momento.
¡Atrévete a leer! las aventuras inolvidables que te brindan los libros de cuentos. ¡Atrévete a leer! para aprender cosas increíbles y nuevas. ¡Atrévete a leer! Descubrir más allá de lo que puedes observar. atrévete a leer! mensajes positivos que alimenten tu espíritu. ¡Atrévete a leer y soñar! Es el impulso que te ayudará a tus metas lograr.
De momento, hubo un gran temblor en el calabozo. La tierra se movió derrumb ando todo a nuestro alrededor. El techo comenzó a caer en cámara lenta, brindando oportunidad de esquivarlo. De momento, a mi mano derecha pude ver el sol resplandecer. Salí inmediatamente, al igual que mis padres. Haciendo su entrada frente a nosotros, Josué. —¿Cómo es posible que estés vivo? —pregunté asombrado—. No me malinterpretes, estoy feliz de verte... ¿Cómo reviviste? —Gracias a ti. Resucité en el momento en que comenzaste a escribir y utilizar tu imaginación. —No fue fácil —dije en forma modesta—. ¿Y cómo ganaremos esta batalla? —Esta batalla no es con violencia, sino con el conocimiento. Hay que ganarse al pueblo, motivarlos para que comiencen a leer. —Pero ¿qué van a leer? —dije, bajando mi ánimo—. Leticia destruyó todos los libros. —Mis hijos, el poder está en el conocimiento. Lemuel, comienza con los niños para que utilicen su imaginación, para crear nuevos cuentos. Y usted, Fernández, es momento de enseñar todo lo que sabe, todo lo leído, reescribir y educar. Era momento de levantar un pueblo, de luchar y ganar una batalla que era de mente y capacidades. - ¿Cómo realizarlo, si nosotros no teníamos el reinado?
—Hijos, no hay que tener un puesto para ser líder —dijo Josué—, solo se necesita el coraje, la dedicación, moral y los deseos de tener un mundo mejor para dirigir a un pueblo. No me malinterpreten, tenemos que seguir reglas, órdenes, mandatos que no violen nuestra moral y ética. Pero en estos momentos, si no detienen a David II y a Leticia, el Castillo de la Biblioteca que levanté con tanto empeño y dedicación se podrá destruir. —No te preocupes —respondí—, no lo vamos a permitir. Padres, tendremos que mudarnos con los campesinos. Cuando Leticia y David II puedan ver lo que le pasó al calabozo nos estarán buscando.
—Tienes razón. Móntense, que los llevaré a ese lugar. Mis padres y yo cedimos en viajar con Josué y volar nuevamente por encima del ca stillo. Con la diferencia de que, en esta ocasión, se encontraban los lugares destruidos y las personas, cometiendo delitos sin ningún castigo. Lo único que deseaba era que Amanda y Juan estuvieran bien. No podía seguir mirando hacia abajo, porque veía lo que le estaba ocurriendo a mi pueblo. Todo lo que veía me indignaba y comencé a ver las nubes, a entretenerme con el cielo azul. Llegamos con los campesinos y nos bajamos de Josué; luego se despidió, mirándonos fijamente. Tomó vuelo, marchándose lejos. Mi vista lo perdió rápidamente, mientras los campesinos nos miraban bien extraños. —Saludos —comenzó a hablar mi padre—. Soy el rey Fernández y vengo a decirles... —¿Qué? ¿Tú, el rey Fernández, con esa apariencia? —interrumpió un hombre—. Ja, ja. De verdad que este castillo va de mal en peor... Escuchen, mi gente. Ese hombre dice que es el rey Fernández. Todas las personas se burlaban de mi padre. Al parecer, no creían ninguna de sus palabras.

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Capítulo # 4 (Parte II) NO ME DOY POR VENCIDO

Capítulo # 4 (Parte II) NO ME DOY POR VENCIDO
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Te iba a avisar para que la conocieras, pero ella quería pasar tiempo con su prima y luego conocer al resto de las personas. —Madre, ¿para dónde te llevó Leticia? —le pregunté. —Fuimos a pasear por el palacio, hasta llegar a la biblioteca para enseñarle un libro que yo tenía sobre nuestros antepasados. Comenzó a realizar preguntas extrañas, como por ejemplo, cómo era posible que todo el pueblo fuera inteligente, si no extrañaba el Castillo Analfabeta y en dónde estaba el verdadero poder. Lo único que le contesté fue que el poder y secreto de todo estaba en el conocimiento..., en los libros. Ella se me quedó mirando, seguimos caminando hasta llegar al cuarto donde se estaba hospedando. Cuando entré a esa habitación, sentí que una persona me golpeaba la espalda y caí rendida. Cuando me desperté, me encontraba en este lugar. —¿Cómo te enteraste, padre? —Cuando te busqué en tu habitación, me di cuenta de que ya te habías marchado y me fui a realizar trabajos de la realeza, cuando de momento llegó Leticia, diciendo que Carlota, al enterarse de que su abuela seguía viva, se había marchado al Castillo Analfabeta. Me enojé mucho, porque Carlota y yo tenemos buena comunicación, y no podía concebir que tu madre no se despidiera de mí. Me acosté a dormir y cuando me desperté me di cuenta de que...
—Perdona que te interrumpa. Por casualidad, ¿no soñaste con un leopardo?
Mi padre continuó hablando como si no le hubiera preguntado nada.
—Cuando desperté, me encontré con que la biblioteca estaba destruida, junto con sus libros. En ese momento, David II y Leticia me retaron a un duelo, en el cual perdí. Nos enfrentamos en el duelo de espada David II y yo, pero fue inútil; ellos no saben lo que es el honor de un caballero. Leticia buscó cinco guardaespaldas para que me atacaran y así fue que pudieron vencerme. Me llevaron entre la reina mala y los dos guardaespaldas al calabozo. Supe que eran también del Castillo Analfabeta por la conversación que tuvieron. “Mi reinita, de verdad que no entiendo”, decía uno de ellos. “Sin los libros, las personas no aprenderán a leer; si no leen, no podrán interpretar, no existirá pensamiento crítico; podré gobernar a las personas a mi manera”, de cía ella. “Todavía no entiendo, mi reinita”. Leticia estuvo toda la noche explicándole, pero no entendía... Hasta les dibujó, pero ellos nunca entendieron. Luego me quedé dormido y... —¿Qué viste? —dije apresuradamente—. Quiero saber. El silencio invadió el lugar. Mis padres no contestaban la pregunta. Era obvio que algo me estaban ocultando. Creo que era el mejor momento para escuchar todos los secretos que ocultaba el Castillo de la Biblioteca. —Lo siento, hijo. No creo que estés listo para escuchar. —¿Cuándo estaré listo? —dije un poco molesto. —Cuando aprendas lo que la vida te quiere enseñar. —Padre, no quiero sonar maleducado, pero si se van a dejar llevar por lo que tengo que aprender, pues jamás me van a decir nada, ya que toda la vida el ser humano está aprendiendo algo nuevo. —Hijo, tienes razón —respondió mi padre, asombrado—. Esa noche, te observé llegar en un caballo con unas túnicas resplandecientes. Estabas tomando posesión de un reinado, pero de momento tu rostro cambió y, en lugar de verte, estaba David II tomando el puesto de rey. Luego, vi una reina de la que no podía ver su rostro, era mala; no era tu madre, y trataba de defender mi castillo, pero se me hacía difícil. De momento, se apareció un leopardo con alas de águila para ayudarnos a vencer. Se le hacía difícil pelear solo, y cuando llegué al final del sueño para ver quién había ganado, me desperté. De momento, me sentí inspirado y comencé a ver las cosas claramente en mi mente. —Hay una batalla que hay que pelear —les dije a mis padres—. Solo va a haber un ganador, David II o yo. La reina mala es Leticia, la prima de mi madre. Ella reinará juntamente con David II, mientras que yo... —tomé un poco de aire—, aparentemente seré un rey soltero por un tiempo, ya que en estas visiones no aparezco casado —me llené un poco de tristeza. ¿Cómo era posible que Amanda no apareciera en los sueños, mi dulce amor? —. El leopardo es mi bisabuelo, tu abuelo, Josué.

Continuará....

Capítulo # 4 (Parte I) NO ME DOY POR VENCIDO

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Me estaba volviendo loco. No aguantaba más. Quería despertar de esa horrible pesadilla. Cerré los ojos una y otra vez. En esta ocasión, no había un rayo de sol que alumbrase mi rostro, un resplandor que me anunciase una mañana. No sabía cuánto tiempo había pasado en ese lugar; tampoco sabía hasta cuándo estaría allí encerrado. De lo único que estaba seguro era que mi final no se iba a culminar allí. Lo mucho que había aprendido, crecido como ser humano, para que se quedase todo en esas cuatro paredes. Me sentía desmayar, no aguantaba este calor. Cuánto hubiese dado por estar en el bosque; no dudaría ni un momento en faltar a clases y quedarme estudiando en la biblioteca. Comparado con estar allí, solo y sin libertad. ¿Cómo había podido llegar a esa situación? ¿Dónde se encontrarían mis padres cuando David II y la reina Leticia tomaron el poder? —¿Por qué a mí? —grité esa frase una y otra vez, cada vez más fuerte. —¿Lemuel? —escuché una voz parecida a la de mi padre. —Sí, padre, soy yo, Lemuel —respondí—. ¿En dónde te encuentras? —Estoy aquí, en la celda de al lado... —escuché una voz interrumpir las palabras de mi padre. —Hijo, soy yo. Me alegra saber que te encuentras bien —dijo mi madre. —No entiendo. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué me enviaste para el Castillo del Aprendizaje? —Hijo, lo siento. Yo no te he enviado a ese lugar —contestó el rey Fernández—. Fueron David II y Leticia. —Pero ¿cómo es posible? —contesté impresionado—. Si tú mismo me diste el mandato. —Sí, fue que me engañaron. Te contaré, hijo, lo que sucedió. El día que te envié al Castillo del Aprendizaje fue porque David II se acercó a mí y me informó que había una convención de reyes, y me preguntó si Carlota y yo íbamos a asistir, a lo cual le dije que sí. No pasó ni una hora cuando David II se acercó a nosotros para decirnos que el rey Eduardo tenía unas inscripciones y que el mensajero estaba enfermo; no tenía forma de enviarme los documentos. Al otro día, creyendo en las palabras de mi sobrino, te envié hacia el castillo. No te dije que David II era el que tenía la información, porque estaba seguro de que no ibas a ir si te hubieras enterado de que tu primo había sido el que me lo dijo. Quiero disculparme por eso, hijo. —No te preocupes, papá —respondí un poco triste y apagado. —Ese mismo día se acercó a nosotros una muchacha que se llamaba Leticia, que alegaba que era la prima de Carlota. Nosotros la aceptamos gentilmente. Viene el Castillo Analfabeta y no la vimos como una amenaza.

Continuará ......

Capítulo # 3 (Parte IV) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO?

Capítulo # 3 (Parte IV) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO?
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Caminando hacia la puerta del Castillo de la Biblioteca, entré por la entrada principal. Todos me miraban y me apuntaban con sus armas. Con esperanzas de que mi plan funcionara, el leopardo con alas de águila me levantó con sus garras, llevándome adentro del castillo. Lo que me sorprendió esta vez fue que no desapareció repentinamente; se quedó conmigo. Cuando logramos entrar al castillo, nos dirigimos a correr hasta llegar ante la presencia del rey, mi padre. El leopardo asintió con su cabeza, como si me entendiera. Corrimos hacia el trono. Se presentaron los guardias y los caballeros para atacarnos. Sus tiros y golpes eran inútiles, ya que corría con la misma velocidad que Josué. Nos fuimos hacia el rumbo de la presencia del trono de los reyes. Esperanzado de que estuvieran mis padres y me dieran una buena explicación, dentro de mí sabía que era casi imposible que el castillo estuviera en ese estado y que ellos no hubieran hecho nada. Cuando llegué, entré delante de las sillas de mis padres. Me tranquilicé. Los caballeros y guardias entraron juntamente con nosotros, parándose en la entrada. De momento, sonó la trompeta, anunciado la llegada de los reyes del Castillo de la Biblioteca, e hizo su entrada ese hombre con los vestidos que se aparecían en mis visiones: eran David II y una reina, que era la mujer que veía en mis sueños, la que me inquietaba en las noches, que me llenaba de gran temor y de miedo; estaba ahí, frente a mí, sentada en el trono de mi madre. En el trono de mi padre se encontraba David II, con una sonrisa y una mirada de victoria. —¿Qué está ocurriendo? —pregunté, mirando fijamente a David II—. ¿Dónde están mis padres? —Tranquilo, Lemuel —me contestó con tono burlón—; solo estoy tomando lo que me pertenece. Nadie me va a usurpar mi lugar, mucho menos un mediocre como tú. Uno de los guardias interrumpió la conversación: —Mira lo que tenía el joven. —Oh, pensé que había acabado con todos —prosiguió la reina mala—. Guardias, destruyan ese libro. Los guardias, sin pensarlo dos veces, tomaron ese libro y lo destruyeron en menos de cinco segundos. —¿Qué hicieron? —pregunté—. ¿Por qué hacen eso? —¡No! —comenzó a gritar Josué. Me sorprendió demasiado, ya que solo en mis sueños lo escuchaba hablar—. Dejen eso, no puedo más. Me arrodillé de frente al leopardo, sin entender nada. —¿Qué ocurrió? —Al parecer —decía Josué, mientras que agonizaba de dolor—, ese libro que rompió era el último libro que quedaba. No existirán el conocimiento, el sueño y la imaginación creados por los cuentos. La esperanza de que hay un nuevo mañana, la idea de que después de la tormenta viene la calma, la convicción de que detrás de una nube gris hay un sol que brilla se han borrado. —No te vayas, no te vayas —comencé a llorar desconsoladamente. —Cállate, Lemuel. Simplemente estamos reuniendo dos castillos y estamos tomando las reglas de otra manera —dijo David II. —¿Cómo eres capaz de hacernos esto? Somos tu propia familia. —Yo era la princesa Leticia, del Castillo Analfabeta. Me casé con David II. Juntos gobernaremos los dos castillos, y lo primero que hicimos fue destruir todos los libros. Sin libros no hay conocimiento. Así reinaremos los dos castillos y tendremos esclavos sin pensamientos críticos para siempre. —No te saldrás con la tuya —la interrumpí con ira—. Mis padres te detendrán. —Eso lo veremos, Lemuel. —¿Por qué las personas están así, actuando de la forma en que se comportan? —Primo —contestó David II—, porque encarcelamos a todos los que no querían seguir nuestra voluntad. El rey David II y la nueva reina Leticia se burlaron de mí. —¿Quién nos queda por convencer? Juan, Amanda y tú —suspirando—. Yo dudo que ustedes se resistan —dijo David II. —¿Dónde están ellos? —Ya mismo estarás con ellos; de eso que no te quede ninguna duda —respondió la reina Leticia—. Guardias, lleven a Lemuel al calabozo. Tienes suerte de que no te hemos mandado a fusilar. Bueno, todavía no. —¿Qué quieren de mí? —De ti —comenzó a reírse David II, mientras los guardias comenzaban a llevarme— no quiero nada. Tú tienes una cabeza hueca, pero si mi reinita desea que te quedes encarcelado, así será. Los guardias me tomaron de mis brazos, uno a mi izquierda y el otro a mi derecha, arrastrando mi cuerpo, mientras que gritaba y pataleaba. Al tiempo que los guardias me dirigían al calabozo, comenzaron a golpearme hasta quedar casi inconsciente. —Sálvame, sálvame. — ¿Quién eres? —no veía a quien me estaba hablando—. ¿Quién eres? —volví a preguntar, pero la voz no volvió a hablarme. Cuando logré abrir los ojos, me encontraba tirado en uno de los calabozos. Miraba alrededor. En mi mente entraban voces, diciendo: “¿Cómo es posible haber estado en el reinado, el hijo del rey del Castillo de la Biblioteca, y caer en este calabozo?”. A mi mente vinieron recuerdos de mi padre, que me brindaba consejos sobre el libro que me regaló. Pero tenía dos opciones: comenzar a llorar y dejarme vencer, o pensar en qué cosas productivas podía realizar para tomar el control del Castillo de la Biblioteca. Había perdido a un amigo, mi guía en esta batalla; no iba a permitir seguir perdiendo a mis seres queridos. Lucharía hasta el final, aunque eso fuese sinónimo de entregar hasta mi propia vida.


Fin del capitulo # 3

Capítulo # 3 (Parte III) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO?

Capítulo # 3 (Parte III) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO?
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Me asusté por un momento, pero tenía que escoger entre estar solo o conseguir un nuevo amigo. La vida era un riesgo tras otro, así que proseguí a averiguar qué era. Cuando observé de lejos, no podía creer lo que eran la mitología y los monstruos. ¿Qué era eso que estaba viendo? Era una persona de color verde. Su cabeza era grande, con el cuerpo pequeño y con tres ojos. Parecía una persona indefensa, ya que sus lágrimas y su sufrimiento mostraban el interior de esa personita. —Permiso —dije, interrumpiendo su llanto—. ¿Te encuentras bien? —Sí —contestó la personita, a la vez que limpiaba sus lágrimas con sus dedos—. Estoy triste. —Bueno, yo también tengo mucho de que preocuparme, pero si necesitas mi ayuda, en confianza, me puedes explicar. Quizá no pueda resolver tus problemas, pero tal vez te pueda ayudar a que te sientas mejor. —¿De verdad quieres que te cuente? —me dijo la personita.
—Sí, adelante —le supliqué.
—Siéntate, por favor —la personita se paró—. Yo soy la princesa del Castillo de los Cuentos. La semana pasada había un baile real, donde invitaron a los príncipes más cercanos para que los conociera. —Sí, a mí me llegó esa invitación —interrumpí bruscamente—. Yo asistí, pero me fui rápido, ya que tenía unos compromisos previos. —Bueno, ¿quién es usted? —preguntó la princesa de color verde. —Soy Lemuel, el príncipe del Castillo de la Biblioteca. —¡Qué bien! Yo soy la princesa Victoria. —Perdona la interrupción, Victoria. Si quieres, puedes continuar. —Gracias, Lemuel. Pues ese día, cuando hubo la gran fiesta, no me gustó ninguno de los príncipes del lugar, a excepción de uno que era guapo, con una bonita sonrisa, que de verdad hacía honor al nombre de príncipe. Él nunca me hizo caso. Al momento de bailar conmigo, tomó sus pertenencias y se fue del baile real. Me sentía tan mal, llena de dolor, que salí corriendo hacia mi habitación, me miré al espejo y me dije: “Hasta un marciano tendría más cuerpo que yo”.
—Disculpa la ignorancia, Victoria —volví a interrumpir—. ¿Qué es un marciano?
—Esto es algo que no vas a ver en libros, pero mi mejor amiga, la princesa Sofía, tuvo un encuentro con un marciano. Lo vio correr por el castillo y jugó con ella hasta que una máquina voladora se lo llevó al cielo.
La miraba con asombro, pero no me atrevía ni por un momento a reírme de ella, aparte de que es una mala costumbre burlarse de los demás. No podía juzgar, porque si vamos a hablar de locos, creo que yo era el número uno, ya que hablaba con un leopardo volador.
—Lemuel, después de que dije las palabras al frente del espejo, me acosté. No me había dado cuenta de que, mientras decía esas palabras, pasó una estrella fugaz y al otro día, cuando desperté, salí yo hecha un marciano. A pesar de esto, trato de llevar una vida normal, pero no puedo. No puedo bañarme en la piscina real, me tengo que esconder de las personas para que no se asusten; por eso decidí estar en este lugar, un sitio en el que no puedo asustar a nadie. Estoy más infeliz que como era antes. Fui adonde el hada madrina, pero ella está de vacaciones. —Disculpa —volví a interrumpir—, ¿tú tienes hada madrina? Espera, déjame preguntar mejor... ¿Las hadas madrinas existen? —Seguro —contestó Victoria un poco incómoda—. Bueno, por lo menos en el Castillo de los Cuentos sí existen. ¿Tú no tienes a alguien que te protege y te dice lo que tienes que hacer? —Sí, tengo la conciencia. —¿Y qué más, Lemuel? —Bueno —contesté un poco avergonzado—, tengo a alguien que me protege. Es un leopardo parlanchín con alas de águila. —No lo puedo creer —dijo Victoria, mirándome a los ojos—. Me miraste como una loca cuando te dije que tenía un hada madrina, pero ¿cómo te tendría que mirar si tu guía es un leopardo volador que habla? De momento, de las nubes bajó mi guía, el leopardo, con sus alas de águila. Nos montamos sin pensar. —Se llama Josué.
—Ay, Josué, tengo una petición. Quiero ir al cielo para hablar con los marcianos a ver cómo es que puedo volver a la normalidad. —Por favor —dije—. Josué no es un cumple deseos como tu hada madrina. No estaba terminando la oración cuando Josué tomó vuelo hacia el cielo con una velocidad incalculable. Al pasar las nubes y el sol, llegamos a un área donde todo flotaba, menos nosotros. Mi guía, el leopardo, tenía una magia que le hacía protegernos. Nos paramos en una de las tierras que había en aquel cielo; nos bajamos. Josué se detuvo, mientras que nosotros continuamos caminando. De momento, observamos muchas personit as parecidas a la imagen de la princesa Victoria. —Quiero hablar con su rey —ordenó Victoria. Cuando entramos, todos se me quedaron mirando como si yo fuera de otro mundo. De momento, Victoria explicó lo sucedido. —Humanos convertidos en marcianos —dijo el gobernante—. Guardias, atrápenlos para experimentar con ellos. Aligeramos el paso para correr, mientras que ellos nos disparaban con unos rayos que salían de sus dedos, cuando por fin logramos montarnos en mi guía y salimos de aquel lugar sanos y salvos. Llegamos a la Tierra. Victoria se sentía bien frustrada. —Bueno, Lemuel, no mequeda de otra —dijo Victoria—. Voy a llevar una vida normal, vivir con esto que tengo en mi vida, aceptarme tal como soy. Victoria se despidió de nosotros. Mientras se alejaba, su cuerpo comenzó a cambiar, hasta que se convirtió en una persona normal. De hecho, era una princesa hermosa; no sé cuál era su complejo. La princesa comenzó a correr de alegría y se dirigió a su destino. —No me digas nada —le dije a Josué—. Entendí este mensaje: aceptarse uno mismo y creer en uno. Cuando nos aceptamos tal como somos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, los demás que se encuentran a nuestro alrededor comienzan a aceptarnos. Además de que la autoestima crece a tal punto que comenzamos a creer que todo lo que nos propongamos lo podremos lograr. Me senté en el árbol, abriendo el libro que me regaló mi padre, y me vino una página que decía:
“El pueblo perece por falta de conocimiento. La verdad nos hará libres. No seas sabio en tu propia opinión”.
Esto tenía que ser una pista de la razón por la cual el Castillo de la Biblioteca se encontraba como estaba. Realmente no sabía lo que estaba pasando. Era obvio que algo bueno no era. Llegó mi momento, mi tiempo de demostrar la clase de príncipe que era yo. Sin saber con quién exactamente iba a pelear, tenía que crear un plan. Estaba consciente de que era alguien que no quería que el Castillo de la Biblioteca fuera un castillo sabio, libre y crítico. Era momento de actuar. Daba vueltas en mi cabeza. Todo me estaba apuntando a que David II tenía que estar detrás de todo eso. Ellos me querían llevan bajo arresto. ¿Ante quién me querían llevar? Estuve sentado hasta que el Sol dejó de trabajar y dejó paso a la Luna en la jornada de cuidar la Tierra.
Continuará.......

Capítulo # 3 (Parte I) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO? (Parte II)

Capítulo # 3 (Parte II) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO?
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¡Qué bonito era lo que estaba viendo a mi alrededor! Árboles por todos lados tapando el brillante sol, una cascada con agua fresca, limpia, y yo me preparaba para tirarme desde la parte más alta hasta caer a las profundidades del agua. Mi cuerpo no podía resistir y comencé a tragar agua. Un suceso extraño en mí, ya que era un nadador medieval profesional. De momento, vi al leopardo con alas de águila tirarse de la roca más lejana, más alta que de la cascada desde la que me había tirado, y se tiró, cayendo con la misma rapidez con la que corren los leopardos normales. Cuando estaba a punto de tocar fondo, soltó sus enormes alas y con sus garras me sacó, llevándome a tierra segura. —No entiendo —le dije, sin ningún interés de darle las gracias—. ¿Por qué me iba a ahogar, si yo estoy acostumbrado a nadar? —Porque tenías miedo —respondió Josué—. Al ver que el agua te estaba llevando, tuviste temor y te desesperaste, olvidando así los conocimientos básicos que tenías de natación. Nunca dejes que el miedo y la desesperación te roben la paz, el conocimiento: eso es lo que te va a permitir tomar buenas decisiones en la vida. Hay una sombra negra cubriendo el Castillo de la Biblioteca. No dejes que la desesperación, la soledad y el miedo te dominen. Te pueden robar todo, hasta tus riquezas, pero el conocimiento estará en ti para siempre. —Josué, ¿quién es esa sombra negra? —No te puedo contestar, Lemuel. —¿Viste la sombra —proseguí a tratar de sacarle información— cuando nos dejaste en el castillo? —Lo siento, príncipe Lemuel. Solo te digo lo que tienes que hacer. —Si me dejo dominar por el miedo y la desesperación, puedo perder esta batalla. —Sí, Lemuel, pero ten fe. Ya estás advertido, tienes que estar preparado. Me desperté muy temprano en la mañana. Inmediatamente, fui a la biblioteca a llenarme de información y conocimientos. Antes de abrir esa puerta, recordé la última vez que mi padre entraba conmigo: el día que me regaló el libro de los reyes, muy ilusionado por el legado que me estaba dejando. Yo estaba inquieto, porque quería salir de ese lugar. Cuando entré, vi que no había libros en la biblioteca. Los anaqueles estaban rotos. Verdaderamente, algo estaba ocurriendo. Me retiré de la biblioteca corriendo como un demente hacia la habitación de mis padres. Ellos no se encontraban. Corrí hasta llegar a las calles. Lo que veía era personas incultas. Nadie estaba leyendo, no veía a las pers onas trabajar; solo veía a las personas tristes; otros obtenían diversión chocando sus frentes de cabeza a cabeza. ¿En qué lugar estaba? ¿Estos serían de mis sueños extraños? No podía entender. Dentro de mí supuse que el libro que me había regalado mi padre quizá podría tener una respuesta. Saqué el libro y comencé a leerlo debajo de un árbol. De momento, escuché una voz. —Guardias, atrápenlo. Cuando alcé mis ojos para ver a quién los guardias iban a apresar, me di cuenta de que era a mí. —Un momento. Ustedes no saben quién soy yo. Soy el príncipe Lemuel. Los guardias se apresuraron para atraparme. Me trataron de llevar en contra de mi voluntad, golpeando a uno en su rostro y pisando al otro. Pude escapar de estos guardias, que no recordaban quién era. Todas las personas miraban la persecución y no me defendían. Tampoco ayudaban a los guardias. Estaba corriendo en dirección al palacio; ahí yo estaría seguro. Logré llegar al palacio, cerrando la puerta rápidamente. Me di cuenta de que ni en ese lugar estaría a salvo. Entré a la habitación de mis padres. Era hermosa. Su tamaño era más grande que la biblioteca y mi cuarto juntos. Observé el botón especial que mis padres tenían que me dirigiría a un túnel en el cual me pasaba jugando cuando era chico. Ellos lo tenían para protegernos en caso de un ataque en el cual nos sintiéramos obligados a abandonar el castillo. Escuché un ruido; venía de la puerta principal del palacio. Al parecer, habían podido derrumbar la puerta. Me estaban buscando. Según los ruidos que se escuchaban, parecía que se habían sumado más guardias para mi arresto. ¿Cuándo me había vuelto prófugo? Nunca tuvimos que usar el túnel, pero parecía que lo tendría que utilizar. De momento, me pregunté si Amanda y Juan se encontraban bien. No podía regresar; ahora los guardias se escuchaban más cerca de mí. Oprimí el botón y procedí a entrar. Cuando se cerró la puerta por la cual entré, mi vista se llenó de oscuridad. Caminé horas tras horas sin ningún rumbo, confiando en mi sentido común; esta vez, caminar sin poder ver, sin la guía de Amanda y la dirección de Juan. Había caminado tanto tiempo que se me olvidó si realmente no veía por la oscuridad o si estaba ciego por segunda ocasión. De momento, llegué hasta el final y vi el árbol del bosque donde yo siempre me pasaba para escaparme de las clases medievales. Este lugar quedaba un poco retirado de los atrios del Castillo de la Biblioteca. Ahora, la pregunta importante: ¿cómo iba a defender a mi pueblo? ¿Cómo ganaría esta batalla? El temor se apoderó de mí, causando las ganas de escapar del lugar y olvidarme de todo, pensar que esto nunca había ocurrido. Mi conciencia no me dejaba en paz, ya que había nacido para ser rey. Tenía que defender a mi gente a como diese lugar, aparte del amor que sentía por Amanda y por mis padres. Sentía como que no podía vencer, a pesar de todas las visiones que tenía por medio de los sueños; parecía que me estaban preparando para esta batalla. Creía que no tenía las fuerzas; me sentía incapaz de tomar posición en mi vida, en mi legado. Mirando bien, no tenía un aspecto de guerrero; de hecho, mi imagen era la de un muchacho que era cuidadoso con su físico, no soportaba ver sangre, no podía ver a los caballeros pelear y a veces se burlaban de mí, colocándome por sobrenombre. “Paz mundial”. De momento, escuché un llanto desde los arbustos.

Continuará......

Capítulo # 3 (Parte I) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO? (Parte I)

Capítulo # 3 (Parte I) ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO?
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¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO? Cuando una persona viaja por un bosque y llega en forma de vuelo, pierde la percepción del tiempo. Al parecer, era la hora de dormir, ya que no veía a los criados caminando por el palacio y mucho menos escuchaba a mis padres recibirme con agrado. Al subir las escaleras, sentí en mi interior que algo no estaba bien. En ocasiones como esta, siento una sensación extraña. No quiero escucharme dramático; en esos momentos así me sentía. El silencio del palacio era tan profundo que cada paso que daba era tan fuerte como el ruido de una batalla. Decidí entrar a mi cuarto y observé algo que no estaba bien. Al parecer, todo estaba como lo había dejado: mi habitación se encontraba toda desordenada. Los sirvientes no habían sido capaces de recoger mi cuarto durante mi viaje al Castillo del Aprendizaje. Como en todo siempre hay una enseñanza, hasta los sirvientes me querían enseñar algo: que no fuese tan desordenado. Tomé el libro que estaba tirado en la cama. Cuando lo abrí, lo primero que puede leer fue: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento” Comencé a leer las historias que mi padre tenía subrayadas. Todas comenzaban desde el primer reinado de un rey que tenía por nombre Saúl, seguido por el rey David, por el rey Salomón, y vi las semejanzas de esos reinados con los de mis antepasados, incluyendo, por supuesto, a Josué. Me imagino lo que están pensando: “Avanza, explícanos en qué se parecían”. Saúl fue el rey del pueblo de Israel, porque el pueblo le pidió al Creador del cielo un rey. Se les cumplió su deseo. Todo empeoró cuando comenzó a hacer cosas injustas y a desobedecer los mandatos. Fue rechazado como rey. David fue un rey que era conforme al corazón, a pesar de que prácticamente mandó a matar a un hombre en una guerra para quedarse con la mujer de él. Sin embargo, cada vez que David fallaba, se humillaba. Pedía perdón y se levantaba. Salomón, un rey al que el Creador le ofreció que pidiera lo que quisiera. Pudo desear riquezas o placeres, sin embargo, pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. ¿Cómo mi bisabuelo seguía estas enseñanzas? Era lo contrario de Saúl; trataba de tener una vida intachable, cuestión de no tener ningún dedo que fuera capaz de señalarlo. Seguía los pasos de David: cada vez que realizaba una mala decisión, lo reconocía. Tenía la capacidad de disculparse y enmendar sus errores. También seguía fielmente a Salomón. Trataba de que su pueblo se instruyera en lectura y libertad de expresión; de esa manera, todos gozaban de inteligencia. ¡Qué maravilla! Si esto lo hubiera aprendido antes. Al parecer mi tío Gilberto inscribió a David II en honor a David, de verdad que no se parecen para nada. Luego de leer por mucho rato, comencé a dormitar hasta quedar profundamente dormido.

Continuará...